dissabte, 10 de febrer de 2018

CATALANES, EL CATALANISMO HA MUERTO (Crónica de un suicidio)

España. políticamente hablando, es más de derechas, más intransigente y más esencialista después del batacazo del proceso independentista catalán; también después del batacazo del gobierno Rajoy que acumula descrédito internacional por la gestión de la crisis catalana y descrédito interno del que se aprovechan los jóvenes discípulos de la FAES, léase Albert Rivera y compañía. 
La proliferación de banderas, en su sentido más cutre (permítaseme el adjetivo), españolas en balcones, locales, etc. demuestra la existencia de un nacionalismo español reactivo nada positivo para lo que podríamos llamar "modernidad".
La primera víctima del "procés" es el propio independentismo pero no es la más importante, el independentismo es la víctima circunstancial, la víctima importante es el catalanismo. Y es muy grave.

Se ha escrito abundantemente lo que diré, pero hay que repetirlo: el independentismo fagocitó, absorbió, la mayoría de las energías del catalanismo. ¿Qué es, o era, el catalanismo? Es (hablemos en presente en clave optimista) un movimiento político nacido en las primera décadas del signo XX como evolución del catalanismo cultural del siglo XIX, cuando, en línea con el romanticismo europeo, en Cataluña nace una conciencia articulada a través de la cultura, de singularidad lingüística, cultural e histórica. La distancia entre la sociedad catalana, a nivel de composición social, su economía, y la sociedad española, y las políticas de Madrid, contribuyó enormemente a la conciencia diferencial. Si España hubiera tenido diversas zonas desarrolladas industrialmente y las élites burguesas hubieran gobernado el estado, la burgesia catalana y las élites culturales catalanas se hubieran integrado sin problema en el podio del poder y quizá la lengua catalana y los elementos diferenciales hubieran sido considerados un anacronismo casi medieval (jamás lo sabremos).

Nace el catalanismo político, excelentemente formulado por Prat de la Riba en su libro "La nacionalitat catalana", entre dos aguas: por un lado pretende influir en el poder central para convertir España en un país europeo, y por otra parte necesita el aparato represivo español ante las amenazas de una clase obrera incipiente que empieza a tomar conciencia de clase y a enfrentarse, incluso asociando catalanismo a explotación, a los industriales.

El catalanismo político es de génesis básicamente burguesa y precisamente por ello, ha sido pactista y ha aprovechado sempre los resquicios del poder central para influir y consolidar una hegemonía en su propio territorio. A falta de estado propio y de fuerza suficiente para sus retos externos e internos, el pactismo ha sido la única vía. Se ha edulcorado el término dándole trascendencia constitutiva del carácter catalán. No está demostrado.

Este catalanismo burgués fue contrarrestado por el llamado catalanismo popular. Las clases populares catalanas también reivindican su lengua, sus tradiciones culturales y su sentimiento de pertenencia a una comunidad. Pero su apuesta política es más ambiciosa que la burguesa, plantean un federalismo a la vez que un programa político de izquierda. Aparecen partidos republicanos de izquierda que les representan y este catalanismo integrador, universalista, no étnico, es adoptado también por partidos socialistas y comunistas en Cataluña. Ya tenemos el catalanismo del siglo XX, dividido en dos formulaciones, la conservadora y la progresista. Ambas, sin embargo, pactistas.

Durante el franquismo y especialmente en la Transición, las reivindicaciones por la prohibición del catalán y el intento de anular la cultura catalana, se integran en un todo,  junto a las reivindicaciones de democracia y libertad. Son elementos compartidos por todos los sectores antifranquistas, al margen de su lugar de nacimiento. Una cuestión de justicia. Este catalanismo integrador formulado también por sectores pujolistas y el mismo Pujol- de raíz cristiana y humanista- es el que ahora ha muerto. Grave.

El decantamiento hacia la radicalidad ha arrastrado a los sectores más activos del catalanismo hacia una estrategia con resultado de doble filo: éxito interno en Cataluña: dominio del relato y movilizaciones masivas, y fracaso en lo externo: el Estado español, inquieto en algún momento, ha encontrado finalmente una respuesta sólida que lo consolida. Pero con un precio peligroso: la división de la sociedad y el nacimiento en sectores populares de Cataluña de un españolismo reactivo que los pone en manos de los chicos de Aznar. Esto representa la defunción del catalanismo, hasta entonces un elemento aglutinador, en diferentes grados, de la majoria social catalana. Incluso la lengua catalana y quizás sus expresiones culturales pueden ser rechazadas por su asociación con el "procés".

Intuyo que si el camino de los nuevos gobernantes soberanistas se instala en una visión burbuja, se mantendrá la reacción españolista en Cataluña y se afianzará a Ciudadanos como alternativa al PP en España. Es demasiado grave lo que tenemos entre manos para andar con estrategias infantiles y ficcionales.

La muerte del catalanismo es la muerte de la Cataluña del último siglo y medio, y puede ser la muerte de algo més profundo. Dios no lo quiera, mejor dicho, los catalanes no lo quieran. 


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