dimarts, 27 de febrer de 2018

Entre el campechano y el preparado, era mejor el campechano

Juan Carlos fue un rey aceptado hasta que cazó elefantes cuando la gente las pasaba magras, le salió un yerno mafiosillo y salieron a la luz algunas de sus amantes, no siempre contentas. Lo digo así en general, poniendo la vara de medir en modo Hola o Lecturas, que parece ser la mayoritaria a la hora de juzgar a los monarcas. Si la vara de medir la pongo en la conciencia republicana, ningún rey es querido.
Juan Carlos quizá estuvo involucrado en el 23 F , pero apareció como el salvador ante los duros, y la aureola de rey demócrata se labró a conciencia para olvidar su legitimidad franquista. 

Juan  Carlos, con muchas sombras, una de ellas su inmensa fortuna, mantuvo un papel cuidadosamente equilibrado dentro del anacronismo de lo que es la monarquía. 

Que quede claro que a mi los reyes me sobran y si vienen de Franco no es que me sobren, es que me soliviantan y me rebelan (cuidado con el verbo rebelarse...), y que quede claro que lo que he escrito más arriba tiene una función meramente instrumental porque me importa un comino la imagen de la monarquía.

Felipe, su hijo, está lleno de adoradores que buscan en él la legitimidad democrática que le fabricaron a su padre y quieren convertir "el desafío soberanista" y el discurso del 3 de octubre en el golpe del 23 F del 81 y el discurso de la misma noche. 

Felipe, hasta ese momento rey oculto, como si no estuviera, joven y apuesto, ideal para reportajes de verano y bronceados de revista de peluquería, apareció cuando el estado y sus gobernantes estaban al borde de un ataque de nervios, o con el ataque directamente, después del 1O. Antes fue silbado en Cataluña y recibido con gritos de "Fora", "Fora". 

El discurso del 3 de octubre era esperado y temido a la vez. Algunos esperábamos un discurso conciliador, sin aristas, pero nos encontramos con un discurso duro, con el único argumento de la ley y haciendo referencia solidaria sólo a una parte de los catalanes, dejando al resto fuera. Era la puerta de salida del 155 y la judicialización. 

Nunca Juan Carlos hizo un discurso tan alineado con las tesis gubernamentales ni generó una desafección (utilizo la palabra como condimento suavizante de la realidad) como la que hoy existe en Cataluña.

Cuando digo que era mejor el campechano lo digo para resaltar no lo bueno que era Juan Carlos sino para comparar y concluir que Felipe ha cometido un error si precedentes. O sí- salvando las distancias- su bisabuelo Alfonso XIII apoyó al dictador Primo de Rivera y tuvo que marcharse. Ahora España no es republicana y no ocurrirá algo parecido pero el discurso de Felipe no contribuyó a la paz, le situó en terreno partidista. Salió al balcón, soltó un discurso grave y seco y se extraña de que desde los balcones populares se le reciba con cazuelas. Es lo que hay. 




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