dilluns, 9 de juliol de 2018

LA PERVERSIÓN DEL CAFÉ PARA TODOS

El café para todos, acuñado en 1977 en plena Transición, que significa que todas la regiones españolas debían tener autonomía como Cataluña, País Vasco y Galicia, fue el término utilizado para aguar, rebajar o atenuar, las reivindicaciones vascas, catalanas y en menor grado, gallegas. Andalucía tuvo un papel fundamental en ello, pues aún no siendo considerada tradicionalmente una región con personalidad histórica tan fuerte como la catalana o la vasca, sí tenía en su historia un regionalismo fuerte, e incluso partidos nacionalistas. 

Pero - lo explica el periodista Enric Juliana en un artículo de 2011, si no me falla la memoria- antes de las primeras elecciones generales de 1977, en marzo (fueron en junio) el presidente Suárez y algunos llamados fontaneros de la Moncloa (colaboradores fieles y con mucho poder) se reunieron en el restaurante Gades (del bailarín Antonio Gades, ya fallecido entonces) con un boceto de constitución que- como en tiempos de la II República- planteaba una autonomía para Cataluña, País Vasco y Galicia y una amplia descentralización para las demás regiones. Por razones varias, presiones importantes andaluzas entre otras, aquel proyecto quedó en la memoria del restaurante Gades pero nunca prosperó. 

En la Constitución del 78 (la actual) la cosa quedó salvada por la distinción de nacionalidades históricas versus regiones, aunque con énfasis en el concepto de igualdad. Parece ser que al café para todos  fue bien recibido por los oficiales militares más inteligentes.

El término, que en su momento pareció ingenioso, ha condicionado todo el desarrollo autonómico y es el causante de la dificultad, conceptual más que real, del encaje de Cataluña y País Vasco en un magma igualitario que no tiene fundamentación histórica y que de hecho obvia las distinciones que sí hizo la República y hacía la llamada Constitución Gades.

A partir del café para todos se ha redefinido el concepto de privilegio y se ha complicado cualquier definición o articulación de España como una nación de naciones o algo semejante.

Albert Rivera, el agitador más avanzado del nacionalismo español (con papá Aznar dando consejos en la intimidad, en castellano, naturalmente) afirma que el concepto nación de naciones es una ingenuidad, Cuesta seguirle porque no aporta argumento alguno. Lo que parece ingenuo si no fuera un grave error repetido a los largo de la historia es pensar en una España única. Es grave porque la única manera de conseguirlo es por imposición. Quizá Rivera pretenda reintentar lo que Franco no pudo conseguir. Y que tampoco ha conseguido Rajoy, el zorro gallego que esta vez ha fracasado en su estrategia judicializadora. 

Juliana terminaba aquel artículo insinuando la Constitución Gades como una posible solución

Si realmente estamos ante una ventana de oportunidad que no la pilote la vieja derecha ni la nueva, Pedro Sánchez, Meritxell Batet, Miquel Iceta deberían volver al restaurante Gades (no sé si todavía existe) e invitar a Ana Patricia Botín, presidenta del Santander, que dio una estocada mortal a Rivera cuando apoyó a Sánchez. El dinero no tiene lealtades personales. Por cierto, a esa comida que no inviten a Josep Borrell.

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